12.12.06

Crecer

Todos nos damos cuenta que crecemos. Sabemos que no tenemos más 10 años. Ni 5. Eso es indudable. Porque los cambios son indudables.

Los cambios de la adolescencia a una inminente adultez, ah, eso es otra cosa. Eso es más duro de notar. Porque no siempre nos damos cuenta.

Pueden ser pequeñas cosas. Porque el límite social de la adolescencia no está bien marcado. Ahí es cuando, aún siendo naturalmente, físicamente si quieren, adolescentes, muchos tienen que encargarse de un hogar como si fueran auténticas madres o padres de familias en sus 30.

Pero, para una, que es una inútil, que no hace nada trascendente, que no terminó de atravesar la adolescencia social, la muestra del fin de la adolescencia es física. Es bajar las remeras compradas cuando tenía 20, cuando tenía 19, y ponérselas, sabiendo que no engordé, ni bajé, que sigo pesando y midiendo lo mismo. Es ponérselas y ver que no quedan igual. Que marcan otras partes. Que la cintura es distinta, que la cadera es distinta, que el busto es casi igual, pero distinto. Que cuando me miré en una vidriera y dije "Estoy más grandota" no era que estoy más gorda. No, no era eso.

Es que crecí.

Y, lamentablemente, extraño mi cuerpo adolescente.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Y después viene: la piel no es la misma. Y entiendo eso de extrañar el cuerpo. Juventud, divino tesoro.

Anónimo dijo...

Hasta los 30 pude ponerme la misma ropa que usaba a los 16 y eso en algún punto era siniestro pero el día en que aumenté un talle de pantalón casi derramo un lagrimón. Sigo teniendo la misma piel (suave y sin marcas) pero me impresionó ver en mi frente el aviso del surco que cruza la frente de mi padre.

Anónimo dijo...

No, no, y no. No se puede extrañar a una escoba de 1,72 m. Unos gramos de más, las caderas más redondas (ésas que vienen con los años) son para festejar, aunque sea una pequeñísima parte, el hecho de cumplir años.
Minerva (no puedo comentar con mi identidad, maldito Beta)